Aventuras en el Internado

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En pleno mes de agosto

En pleno mes de agosto, me sentía la más feliz del mundo, al fin estrenaba mi vestido.

Hacia 3 meses que mi abuela Rosa, la que cosía en «la Singer» que era un primor, me había prometido un vestido, más bien un pichi corto con la espalda al aire, atado al cuello.

Lo planeamos juntas, ella me iba diciendo sobre la blanda tela rosa pálido a cuadraditos pequeños, el diseño pensado y yo le iba retocando.

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Conversación entre mi abuela y yo:

  • La falda me gusta, pero… ¿por qué no un poco más corta?
  • Niña !! se te van a ver las bragas ¡¡ – gritaba mi abuela
  • Yaya … le ponemos en la orilla una puntilla ancha, la misma que quieres poner también en las dos tiras cruzadas de la pechera, así alargará un poco más.

No se quedaba muy convencida, seguía renegando.

En pleno mes de agosto

Era domingo tarde, tenía que volver al Internado.


El Huerto

Hasta el fin de semana no continuábamos. Se me hacían las semanas interminables, menos mal que empezaba el buen tiempo y pasábamos en «El Huerto», el sitio más grande del Internado, muchas horas.

«El Huerto» era mi lugar favorito. Allí, al aire libre, pasábamos las horas en las que no teníamos clases y después de un día duro de estricta disciplina y horarios.

«El Huerto»era nuestro particular paraíso, perfecto para una niña de 10 años. Era un inmenso espacio con suelo gris cemento brillante y de planta en cruz, bancada de piedra en todo su derredor y cubriéndola un alero de metal rejado en verde estación tren.

En pleno mes de agosto
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… en verde estación tren.

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Los columpios, totalmente a cubierto: barcas, balancines, toboganes, ruedas… todos ellos de hierro multicolor, ocupaban los brazos de la cruz, separando estos, un porche en muy alto, también de piedra, acotado en sus cuatro esquinas por postes de metal rejado en verde estación tren que aguantaban un gran techo de madera.

Este porche lo utilizábamos como escenario de nuestras improvisadas fantasías artísticas: teatros, coreografías, concursos de belleza, de canto…

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Nosotras mismas eramos el público y aplaudíamos cuando no nos tocaba actuar.

En pleno mes de agosto

Nos columpiábamos en «El Huerto»

Mis hermanas

En el Internado, pero en otra Sección, también estaban mis hermanas mayores, prácticamente no teníamos contacto entre nosotras.

El colegio era enorme y ellas vivían con sus compañeras y la monja-tutora en otro ala del Centro, porque estaba organizado por edades.

Teníamos diferentes horarios, y diferentes tareas y solo coincidíamos en las misas obligadas, mis hermanas, además, las tenían todos los días a las 7 de la mañana. La Sección de las pequeñas donde estaba yo, solo las obligadas.

En pleno mes de agosto

Mis hermanas estaban en otra Sección.

Los sábados venían a recogerme a mi Sección y nos dirigíamos, despojadas del uniforme y vestidas como las demás niñas de fuera, a la portería del Centro por la que salíamos a la calle rumbo a nuestro hogar.

Empezaba un paréntesis de felicidad en nuestra disciplinada vida del Internado.

Nuestros mayores se lo merecen todo…

Puedes leer la entrada «Historias del patio» en este enlace, nos vemos pronto.

Eramos niñas que jugábamos con la costura….

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